sábado, 10 de octubre de 2026

Hace tiempo dejé de contar las cosas que extraño de mi vida sin ti. No a propósito. Supongo que los años tienen esa extraña manera de enseñarnos a convivir con los huecos, de ponerles muebles alrededor, de aprender a caminar por la casa sin tropezar demasiado con ellos.


Pero hay días… días en que la ausencia vuelve a tener cuerpo. Se instala sobre mis hombros como un abrigo que alguien olvidó quitarme. Uno de esos que aprietan en los brazos, que tiran de las costuras cuando intento moverme, que me recuerdan a cada instante lo poco que quepo en él.


Y es que tú sabías reconocer esas cosas.


Cuando era pequeña, eras tú quien me ayudaba a salir de los abrigos que ya no me servían. Me decías que estaba creciendo, que no tenía sentido seguir vistiendo algo que había dejado de ser de mi talla. En ese entonces yo no entendía que crecer también significaba dejar cosas atrás. Que un día tendría que aprender a distinguir, sin tus manos, aquello que todavía me abriga de aquello que apenas me deja respirar.


Después, un día, te fuiste.


Y me quedé con todos esos abrigos, con las mangas demasiado largas de una infancia que ya no existe y las costuras de una adultez que todavía no sé llevar del todo bien.


A veces pienso que eso es lo más difícil de crecer sin ti, que todavía hay días en que necesito que alguien me ayude a salir de mí misma. Días en que quisiera volver a ser esa niña que no sabía de ausencias, que solo tenía que extender los brazos para que tú entendieras.


Pero ya no hay nadie al otro lado de las mangas.


Y yo sigo creciendo. Aunque a veces todavía no sepa qué hacer con todo lo que me queda grande por dentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario