Me gustaría sentirme comprendida por alguien, porque sé que solo tú lo hacías, con esa forma tan tuya de mirar el mundo como si todo doliera un poco y aun así valiera la pena.
Y es que nadie puede reemplazarte.
Ni a ti, ni a la forma en que tus palabras, siempre exactas, sabían cómo describir lo que en mí no tenía nombre.
A veces extraño nuestras conversaciones, esas en las que desarmábamos la vida como si fuera un poema demasiado largo.
Me perdía contigo en las metáforas, en emociones que no alcanzábamos a decir, en versos inconclusos, en verdades que solo se intuían.
Tu letra era hermosa. Firme y delicada a la vez, como si cada trazo supiera a dónde iba. La mía, en cambio, torpe y excesiva.
Y es que ¿quién puede sostener palabras tan grandes con manos tan pequeñas?
Y ahora dime ¿cómo escribo sin ti?
De pronto, todos los cuadernos sobraban, y mi letra perdió su rumbo, como una huella en el agua.
Amaba escribir a tu lado, porque sabía que pronto te perdería y que no tendría esta oportunidad nuevamente.
Y así fue.
Ahora solo escribo sobre el duelo, sobre el hueco que dejaste, sobre cómo me faltas a cada instante.
Hoy te extraño otra vez, como cada día.
Porque nadie, nadie ha podido habitar el espacio donde tú vivías.
Y te seguiré extrañando siempre, porque no pude vivir contigo tantas cosas que me siguen faltando… Como el día en que me vestí de blanco, o cuando me mudé de casa, o incluso ahora… Donde me encuentro preguntándome, ¿qué me dirías si estuvieras aquí?
Tal vez tendría una carta escrita con tu letra, que aún guarda el eco de tu perfume, y quizás unas palabras que me harían pensar y sonreír al mismo tiempo. Porque solo tú lograbas eso en mí.
Y hoy, al mirar atrás, el tiempo se siente distante, y lo que antes parecía enorme se desvanece, como si nunca hubiera sido tan pesado, ni tan importante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario